viernes, 13 de junio de 2014

NUBES, ÁRBOLES Y RÍOS: ESPEJOS DEL ESPÍRITU


La naturaleza tiene mucho que enseñarnos, un nivel básico, al observarla nos reconocemos en sus formas.

En la actualidad es fácil ignorar a la naturaleza. No tenemos tiempo, corremos constantemente de un lado al otro, si tenemos suerte puede ser a pie y si no pasamos horas en automóviles o en el transporte público. Estamos desconectados, lo cual conlleva serios problemas mentales y físicos relacionados a la depresión y al estrés.

Ya lo hemos dicho antes, la mejor manera de combatir los males de nuestra época es a través de la reconexión con la naturaleza. Varios estudios científicos han demostrado que las zonas con más árboles se comenten menos crimenes, que tener plantas en la oficina nos hace más eficientes, y que el sol combate el insomnio. Lo que necesitamos es darnos un breve respiro, y para hacerlo basta con voltear a ver las nubes, los árboles y ríos, cuerpos naturales como el nuestro.



¿Cómo podemos identificarnos con las nubes? Quizá se trata de no hacerlo, de aceptar que ellas flotan a su propio ritmo, indiferentes a lo que podemos sentir o querer de ellas. Si observamos las nubes vemos que se unen y separan, siempre aparentemente ligeras, un ejemplo de desapego absoluto. Sus ritmos no son constantes, pueden tener remolinos, tornarse negras en cualquier momento, sin embargo los momentos más fuertes son transitorios. En la vida de las nubes y en la nuestra, ningún estado es permanente.



Los árboles, en su silencio, nos hablan de soportar el paso de los años. Sus troncos muestran el daño causado por plagas, insectos, y demás fuerzas naturales. La vida de los árboles no es fácil, sin embargo ellos no se rinden; mientras más arraigan sus raíces en la tierra más crecen con ramas extendidas hacia el cielo. El crecimiento es simultáneamente interno y externo. Los árboles permanecen de pie en los tiempos más difíciles, inviernos, sequías y tormentas, se adaptan, sobreviven. Pueden perder sus hojas y ramas, pero se mantienen. En tiempos de abundancia crecen, dan flores y frutos embelleciendo el mundo.



Los ríos, riachuelos y otros cuerpos de agua son, literalmente, las fuentes de la vida, pero también sonorizan todo lo que los rodea, nos arrullan y crean ambientes de reflexión. En temporadas de lluvia su caída es más fuerte, al igual que los árboles se adaptan a las temporadas y nunca son el mismo. Nada nos remueve del ajetreo de las ciudades como el sonido de un río, un movimiento azaroso y extrañamente melódico que nos permite los más bellos momentos de introspección.

Pero en el mundo en el que vivimos la mayoría, en enormes ciudades de asfalto y concreto, no podemos esperar a que se den los momentos para observar a la naturaleza, hay que crearlos. Tómate un tiempo para ir a caminar después de comer, para regar las plantas de tu oficina, para asomarte por la ventana y observar los árboles. Es la naturaleza la que detona los más afortunados momentos de introspección, un tesoro que debemos conservar para sentir las vibraciones que nos unen al planeta.
Fuente: http://www.ecoosfera.com/2014/06/nubes-arboles-y-rios-espejos-del-espiritu/

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